Por Miguel Darío Burgos Rodríguez, Líder social Paz de Ariporo, Casanare.
El desplome del 2,1% en el crecimiento económico de Casanare durante el primer trimestre de 2025 no debería sorprender a nadie. Es más: debería dolernos, indignarnos, y sobre todo, hacernos reflexionar sobre el verdadero rostro del “desarrollo” que nos vendieron durante décadas. Este departamento no está en crisis por falta de petróleo. Está en crisis porque nunca construyó otra cosa. Porque la renta petrolera fue convertida en una droga presupuestal y la corrupción en una práctica sistemática. Hoy cosechamos el desastre.
Durante los últimos 30 años, Casanare fue uno de los principales productores de crudo del país y receptor de millonarias regalías. Pero esa riqueza nunca fue de la gente. Fue de unos pocos. Fue de empresas que llegaron, perforaron, extrajeron y se fueron; y de élites locales que vivieron —y siguen viviendo— de administrar la bonanza como si fuera una herencia privada, no un recurso colectivo. Se vivió del petróleo, sí, pero nunca se sembró progreso.
La maldición del petróleo: dependencia y pobreza
La economía departamental gira en torno al petróleo. Cada ciclo de precios, cada movimiento del crudo en los mercados internacionales, repercute directamente en el empleo, en los ingresos fiscales y en el dinamismo del territorio. Esta estructura de dependencia extrema es lo que se conoce como “la maldición de los recursos naturales”: cuando un territorio, en lugar de usar su riqueza para diversificarse, se encierra en un modelo extractivo que lo hace vulnerable, dependiente y políticamente capturado.
Esa es la historia de Casanare. En lugar de convertir las regalías en escuelas, universidades, vías férreas, agroindustria o ciencia aplicada al desarrollo, se convirtieron en un flujo de contratos, muchas veces dirigidos, inflados, sobrevalorados o inconclusos. El resultado no fue bienestar. Fue clientelismo. Fue desigualdad. Fue pobreza estructural disfrazada de opulencia administrativa.
Agricultura y turismo: dos gigantes dormidos
A pesar de su vocación agropecuaria y de contar con tierras fértiles y abundante agua, Casanare no ha logrado consolidar una economía agroindustrial sólida. La producción arrocera es significativa, pero altamente concentrada, con escasa formalización laboral y sin cadenas de valor robustas. No hay transformación local de lo que se produce. Se sigue exportando materia prima sin industrialización, mientras los mercados locales están deprimidos y los pequeños productores sobreviven a punta de deudas y precios injustos.
El turismo, por su parte, ha sido una promesa repetida pero jamás cumplida. Con sabanas biodiversas, cultura llanera viva, reservas naturales y paisajes únicos, Casanare podría ser un destino ecoturístico de talla nacional e incluso internacional. Pero no hay infraestructura, ni rutas diseñadas, ni incentivos claros para emprendedores del sector. ¿Por qué? Porque el turismo no deja “mordida”, no se contrata por miles de millones, no se presta fácilmente a corrupción. Por eso no ha sido prioridad.
La verdadera enfermedad: corrupción estructural
Muchos creen que el problema de Casanare es la falta de inversión nacional o la caída de los precios del petróleo. Pero eso es apenas la superficie. El verdadero cáncer es la corrupción. Una corrupción que se institucionalizó, que opera a través de redes políticas, familiares, empresariales y burocráticas, que controla desde los contratos hasta los votos.
Desde la creación de la vida institucional del departamento en los años 80, Casanare ha sido capturado por una clase política que no planifica, sino que reparte. No construye Estado, sino que reparte botín. Han pasado administraciones de todos los colores, pero el libreto ha sido el mismo: utilizar las regalías para sostener estructuras políticas en lugar de transformar la sociedad.
Esa corrupción no solo roba recursos. Roba tiempo. Roba generaciones. Roba oportunidades. Y lo más grave: ha sembrado la resignación y la costumbre. Casanare es hoy un territorio donde muchos ya no esperan nada distinto. Donde los jóvenes se van, los campesinos resisten y las comunidades desconfían. Esa es la herencia del modelo petrolero mal administrado.
¿Y ahora qué? ¿Esperar que suba el petróleo?
Hoy, cuando el petróleo ya no alcanza, cuando la producción se desacelera, y cuando las cifras económicas muestran un declive evidente, la pregunta es inevitable: ¿y ahora qué? ¿Volveremos a rogar por nuevos pozos? ¿Seguiremos esperando que el precio del crudo se dispare para volver a tener ingresos? ¿O vamos a construir una economía real, diversa, con dignidad?
Casanare necesita una transformación estructural. Necesita una revolución productiva que parta desde el agro, la ciencia, la conectividad, la tecnología, el turismo, la educación pública de calidad. Necesita pensar en ferrocarriles, en plantas agroindustriales, en innovación territorial, en una nueva generación de liderazgos éticos y comprometidos. Pero para eso, lo primero que hay que hacer es romper el pacto de silencio que protege la corrupción.
De finca extractiva a territorio de vida
Casanare no puede seguir siendo un pozo de petróleo con bandera. No puede seguir siendo una finca administrada por élites y saqueada por foráneos. Tiene que convertirse en un departamento donde se produzca valor, se respete la vida, se proteja la naturaleza y se dignifique al ser humano.
El desplome económico no es una tragedia aislada. Es el grito de un modelo que se agotó. Y si no se actúa con coraje, visión y voluntad colectiva, el próximo desplome no será del 2%. Será del alma de un pueblo que merece mucho más.
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