Columna de opinión por Jota A Gonzáles, Director de Noticias en Violeta Stereo Casanare
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Colombia está cruzando una línea peligrosa. El reciente atentado contra el senador Miguel Uribe es un llamado de emergencia, no solo por el hecho violento en sí, sino por lo que revela: un país que está perdiendo los frenos, que ya no distingue entre la crítica y la destrucción del otro, que ha convertido la diferencia política en un campo de batalla personal.
No se trata de estar de acuerdo con lo que piensa un senador. Se trata de comprender que en una democracia se debate con ideas, no con balas. Se gana con argumentos, no con silencios armados. Cuando la violencia se vuelve respuesta, la política deja de existir. Solo queda el miedo.
Este ataque no ocurre en el vacío. Viene precedido de una polarización agresiva, donde se legitima el desprecio, se glorifica el insulto, se desconfía de toda institución y se atiza una retórica que convierte al contradictor en enemigo. Así no se construye un país. Así se lo desangra.
Necesitamos, como sociedad, detenernos un momento y preguntarnos: ¿hacia dónde vamos? ¿Qué tipo de país queremos dejarles a los que vienen detrás? No se puede hablar de justicia social mientras se destruyen las reglas que permiten el diálogo. No se puede defender la democracia mientras se sabotea su columna vertebral: el respeto por las instituciones.
Hay algo muy grave cuando los líderes, en vez de calmar, incendian. Cuando los discursos no buscan unir, sino dividir más. Cuando el poder se usa para avivar el resentimiento y no para resolver los problemas reales de la gente. La historia de Colombia ya ha mostrado lo que ocurre cuando ese camino se recorre sin retorno. Ya lo hemos vivido. ¿De verdad queremos repetirlo?
Hoy no se trata de ideologías. Se trata de sentido común. De respeto. De preservar lo mínimo indispensable para convivir: las reglas, la justicia, la Constitución. De ahí para arriba se pueden discutir todas las reformas, las visiones y los desacuerdos. Pero si se destruye la base, no queda nada.
Lo ocurrido con Miguel Uribe debe encender todas las alarmas. No es solo un atentado contra una persona. Es un disparo contra lo poco que aún nos mantiene unidos. O reaccionamos ahora, o más adelante solo quedará reconstruir sobre las ruinas.









