Columna de opinión por Juan Camilo Reyes Marfoi, Investigador social
Para el fotógrafo e investigador Jesús Abad Colorado, la vieja historia bíblica de Caín y Abel no es solo un cuento religioso, es más bien el primer retrato de violencia entre seres humanos. Abad dice que esa historia muestra cómo la violencia forma parte de lo que somos, de cómo actuamos cuando no sabemos manejar lo que sentimos. A través de sus fotos tomadas en los lugares más golpeados por la guerra en Colombia uno puede ver no solo el dolor y la tragedia de cómo empezó todo, si no cómo se fue haciendo más fuerte, y por qué aún convive entre nosotros. Al final, es la misma escena repetida una y otra vez; dos hermanos, una envidia, una traición, y la tierra manchada por no saber compartir. Nos cuesta soportar el bien ajeno, y muchas veces preferimos hacerle daño al otro antes que verlo crecer.
Recuerdo una frase que escuché alguna vez en un foro sobre historia y memoria; que no solo hemos pasado del conflicto armado al político, sino que muchas veces vivimos atrapados en dualidades internas, en los propios conflictos del alma humana. Y es que, la violencia no siempre viene de afuera ni se manifiesta con armas; muchas veces nace en lo más íntimo, donde se gestan el miedo, la envidia, el deseo de control o la incapacidad de aceptar al otro. Es ese impulso oscuro que Freud llamaba pulsión de muerte, o ese deseo desesperado de ser reconocido, incluso por encima del otro, como decía Hegel. Una necesidad de imponerse, cueste lo que cueste. Y cuando eso ocurre, ya no hay diálogo ni argumentos, solo imposición. Ya no importa quién tiene la razón, sino quién gana. Y ahí es donde la violencia se vuelve una forma de existir, la partidista, la personal, la que se hereda en silencio. Esa que se respira desde que nacemos hasta que nos entierran, como si fuera parte del aire natural de nuestra sociedad.
Y entonces uno se pregunta: ¿La guerra y el conflicto es parte de lo que somos? ¿O, como decía Rousseau, el ser humano nace bueno y es la sociedad la que lo corrompe?
Cuando hablamos de violencia, trifulcas y asesinatos, las historias abundan. Las vemos a diario; en el noticiero, en la calle, incluso en casa. Pero ¿Qué es lo que realmente alimenta esa violencia? A mi juicio, la respuesta más clara es el odio. Un odio que no surge de la nada, sino que se cultiva, se siembra desde ciertos discursos, se aviva en los medios, se disfraza en ideologías que no buscan construir, sino dividir, polarizar y sembrar miedo. Y lo peor, lo reproducimos en nuestro día a día.
Si miramos hacia atrás, la historia está llena de hechos que confirman cómo esta lógica violenta se ha repetido una y otra vez. Basta con recordar lo que pasó con los pueblos indígenas, como en las tristemente célebres “guahibiadas”, verdaderas cacerías humanas ordenadas por terratenientes para exterminar comunidades enteras. También está la rebelión de los comuneros, una lucha popular contra los abusos del poder colonial y la injusticia económica. O el caso de la United Fruit Company y la explotación brutal en las zonas bananeras, donde los trabajadores eran tratados como piezas desechables de una gran maquinaria empresarial en el siglo XX. Ni hablar de la fiebre del caucho, con todo el horror que implicó para las comunidades amazónicas, tan bien retratada en obras literarias y crónicas históricas como La Vorágine. Todo esto nos recuerda que las promesas de justicia y paz han sido, muchas veces, solo eso, promesas que se repiten, fracasan y se olvidan.
Según varios investigadores, Colombia ha atravesado cerca de diez guerras desde que se convirtió en República. Otros, en cambio, aseguran que no tiene sentido contarlas como eventos aislados, porque la violencia aquí ha sido una constante, una sombra que nunca se ha ido. Y tienen razón. El verdadero problema es que no conocemos bien nuestra historia. No nos la enseñan cómo debería ser, no la conversamos con seriedad, y por eso nos cuesta imaginar un país distinto, uno en el que convivir sin violencia sea realmente posible. No se trata solo de entender con la cabeza, sino de sentir con el corazón. Porque a veces, más que saber mucho, lo que nos falta es empatía.
Y entonces, ¿De quién es la culpa? ¿Del Estado, que ha fallado una y otra vez? ¿De las Iglesias, que predican la paz pero muchas veces guardan silencio ante las injusticias? ¿O de nosotros, que preferimos callar, actuar con indiferencia o repetir las mismas violencias sin darnos cuenta? Tal vez la responsabilidad está repartida. Tal vez todos cargamos con una parte del problema. Porque muchas veces, en lugar de sanar, seguimos hiriendo; en lugar de escuchar, gritamos. Como el nombre de aquel viejo libro polvoriento que alguna vez encontré en una biblioteca, La culpa es de la vaca.
Tal vez ahí esté la clave, no basta con señalar culpables, porque la violencia no es solo el resultado de actos individuales, sino parte de un patrón complejo que se repite una y otra vez. Un fenómeno que filósofos y pensadores han intentado descifrar, y que nos muestra que lo que vemos en las calles es apenas la superficie de algo mucho más antiguo y persistente. Entonces, no es solo un hecho aislado o un estallido puntual, sino una trama que atraviesa las estructuras, los instintos y las relaciones cotidianas, moldeando tanto las leyes como las costumbres, y recordándonos que enfrentarla exige transformar no solo las armas, sino también las formas de pensar, educar y convivir.
La guerra en Colombia no ha terminado, porque no es solo una guerra con armas. Es un estilo de vida. Se siente en el campo, cuando un campesino desconfía de su vecino porque una vez lo señalaron. Se siente en la ciudad, cuando el poderoso humilla a la persona de a pie. En la envidia, en el resentimiento, en esa costumbre de no soportar que al otro le vaya bien. A veces, no queremos que el otro sea exitoso, porque creemos que eso nos hace perder algo. Y así seguimos atrapados en una lógica enferma, donde la justicia no desea que llegue y el perdón parece imposible. La guerra sigue porque, en el fondo, todavía la llevamos dentro.
Pero también hay algo que no podemos olvidar, la guerra no está en nuestros genes, se puede evitar. La violencia se aprende. Pero así como se aprende, también se puede desaprender. Se puede sanar. Cada vez que alguien escucha en vez de juzgar, cada vez que hay justicia de verdad, cada vez que el respeto reemplaza al miedo, damos un paso hacia la paz. La paz no se hace solo con decretos. Se construye. Cuando dejamos de ver al otro como amenaza y lo empezamos a ver como parte de nosotros, ahí empieza de verdad. Todavía estamos a tiempo.
Con caminos diferentes, más humanos, más conscientes, aún podemos imaginar una Colombia sin violencia. Una donde no normalicemos lo injusto, lo cotidiano que duele, ni esas frases vacías como “Paz Total” si no se cambia la forma en que vivimos. La esperanza está en no aceptar que esto es lo único que podemos ser. Porque no lo es, siempre existen y existirían otros mundos posibles, no el mejor ni el peor pero si otras salidas a nuestros problemas de la existencia humana.
Basta mirar un hecho reciente que más allá de las opiniones o los prejuicios que se consideran contrarios el asesinato de Miguel Uribe Turbay revive viejos conflictos. Paradójicamente, la democracia, que debería ser un espacio para tramitar las diferencias, muchas veces termina intensificándolas, alimentando la confrontación en lugar de resolverla. Tal vez el reto no es solo defender la democracia, sino transformarla, para que deje de ser un escenario donde la violencia se reinvente y empiece a ser, de verdad, un camino para desarmarla.
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