Sábado, 28 de marzo de 2026
Sábado, 28 de marzo de 2026
Sábado, 28 de marzo de 2026
Gobernar sin haber aprendido a gobernar.

La Noticia Casanare

marzo 28, 2026

Columna de opinión por Juan Camilo Reyes Marfoi, Investigador social.

Hay algo que incomoda, y bastante; la manera cómo se asume el poder sin tener la mínima preparación para ejercerlo. No se trata de exigir perfección —nadie nace sabiendo gobernar—, pero sí de reconocer que gobernar no es improvisar. Ya lo decía Platón en La República, antes de ordenar una ciudad, hay que aprender a ordenarse a uno mismo. Y ahí es donde empieza el problema.

Hoy parece que basta con hablar fuerte, mostrarse decidido o conectar emocionalmente para ocupar un cargo público. Como si la política fuera solo impulso, reacción o espectáculo. Pero sin ‘idealismos’ gobernar significaría: carácter, criterio, dominio propio. Sin eso, lo que queda es una gestión movida por caprichos viscerales, por estados de ánimo o por presiones del momento. Y así, lo público termina convertido en un escenario de ensayo y error, donde los que pagan las consecuencias son siempre los mismos.

Hay una confusión peligrosa entre liderazgo y protagonismo. No es lo mismo el el protagonismo que busca aplausos, al liderazgo asume cargas. El primero necesita exposición constante, el segundo necesita claridad para decidir incluso cuando nadie lo está mirando. Y ahora súmele otro ingrediente único; las redes. Especialmente ese formato de TikTok donde todo se reduce a hablar, opinar, reaccionar… pero rara vez a hacer. Porque cuando se muestra el ‘hacer’, casi nunca es real, es apenas una versión editada, acomodada para que encaje en unos segundos. Más que acción, es relato. Más que gestión, es contenido. Y ahí es donde se pierde lo real con lo fantasioso, son pocos, muy pocos, los que realmente actúan sin necesidad de convertir cada decisión en espectáculo de circo.

Por eso, esos planteamientos sofistas no resultan tan convincentes cuando se trata de formar para gobernar; no basta con recibir conocimientos de manera pasiva —como diría Paulo Freire, como si fuera un banco—, también es necesario formar el carácter. Y esa idea no es nueva, ni mucho menos un invento. En la antigua Grecia existía la paideia, una formación que no se limitaba a enseñar meramente contenidos, sino que buscaba formar el carácter, el ethos. No es como muchos creen, que aprender a pensar era quedarse mirando al cielo, como si pensar fuera andar en las nubes y quedar como loco. Es decir, es poner los pies sobre la tierra. Aprender a pensar importaba, sí, pero lo indispensable era aprender ser, esas eran las bases de las metrópolis. Porque entendían algo básico que en esta era no se entiende, quien no se gobierna a sí mismo difícilmente podrá gobernar a otros.

Y aquí es donde la cosa se vuelve más delicada. Porque no es solo falta de conocimiento técnico. Es ausencia de criterio. Es incapacidad para distinguir entre lo urgente y lo importante. Es tomar decisiones pensando en la próxima semana y no en los próximos años. Es actuar para sostener una imagen, no para resolver un problema. Y eso termina pasando factura, siempre.

También hay una tendencia a justificar la improvisación. Se dice que “nadie estaba preparado”, que “la realidad supera cualquier formación”, que “se aprende haciendo”. Y sí, algo de eso es cierto. Pero no todo. Porque hay una diferencia enorme entre aprender desde una base sólida y lanzarse sin herramientas. Lo primero es crecimiento. Lo segundo es riesgo, y muchas veces irresponsabilidad.

Molesta, además, la ligereza con la que se toman decisiones que afectan a comunidades enteras. Como si gobernar fuera simplemente ocupar un cargo y no asumir una responsabilidad ética. Como si bastara con buenas intenciones. Pero como las buenas intenciones no organizan territorios, no mejoran sistemas, no garantizan derechos. Sin formación, las intenciones se quedan en discurso leguleyo. Gobernar no debería ser una vitrina personal, debería ser un ejercicio de responsabilidad colectiva. Pero cuando no hay formación, el modelo no es el mismo. Se gobierna para mantenerse, para agradar, para responder a presiones. No para transformar.

Al final, el problema no es que alguien no lo sepa todo. El problema es cuando ni siquiera hay conciencia de lo que se debería saber. Cuando no hay formación, ni intención de tenerla. Cuando se desprecia el conocimiento y se reemplaza por intuición momentánea. Ahí es donde la política pierde su sentido más básico y se convierte en ruido, apariencia, e improvisación.

Y en medio de todo esto, sabiendo que no tenemos un orden claro en ningún sentido, que la desdemocratización se siente cada vez más cerca y que la crisis política ya no es un concepto lejano sino una realidad cotidiana, se pregunta uno lo siguiente: ¿Qué es más importante? ¿Volver a tomarnos en serio el planteamiento de los clásicos, de Platón y Aristóteles para poder aplicarlo a estas sociedades en decadencia, o seguir mirándonos como Narciso, fascinados con nuestra propia imagen, convencidos de que con eso basta?

Y sí, actitud hace falta. Pero ojalá viniera acompañada de algo más. Porque de lo contrario, lo que tenemos no es liderazgo. Es otra cosa… bastante más ruidosa que efectiva. Y, Gracias por leer tanta carreta… lástima que gobernar no funcione con likes ni con videos bien editados. Al final, entre tanta pose y pantalla, parece que el único que sí se gobierna bien… Es el ego.

Las opiniones y conceptos emitidos en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no constituye, necesariamente, la visión o pensamiento del medio de comunicación.

Publicidad

Más Noticias

Te Puede Interesar