Columna de opinión por Juan Camilo Reyes Marfoi, Investigador social.
La vida en sociedad siempre gira alrededor de decisiones. Unas las tomamos entre todos. Otras quedan en manos de personas que administran recursos, crean normas o influyen en el rumbo de las decisiones comunitarias. Ese medio crea una tensión natural. Unos mandan. Otros observan. De esa tensión nace la crítica. Un mecanismo simple que mantiene despierto a cualquier sistema. Un recordatorio de que el poder nunca es dueño absoluto. Como decía Hanna Arendt, “el poder nace cuando las personas actúan juntas”. Si nace de todos, también debe responder ante todos. La crítica funciona como un espejo. Un objeto que expone lo que el poder preferiría mantener fuera de la vista. El espejo no suaviza. No adorna. Refleja lo que está. El poder intenta maquillarse, pero siempre aparece alguien que nota el gesto. La crítica señala la arruga, la sombra, la parte incómoda. No busca humillar. Busca mostrar. Evita que el poder se despegue del mundo real.
Hablar de crítica no es hablar de pelear por pelear. No es insultar. No es oponerse por deporte. Es una actitud consciente. Una disposición a observar y a preguntar. La crítica surge del sentido común. Del derecho a no aceptar todo sin pensar. Del impulso de comprobar que la autoridad cumple con su función. Cuando se ejerce bien, la crítica vale más que la obediencia pasiva. Foucault lo dejó claro al afirmar que “allí donde hay poder, hay resistencia”. No resistencia como ruptura, sino como vigilancia. El poder suele temer esa mirada. Teme perder control sobre su historia. Teme quedar expuesto. Teme que se derrumbe la imagen que ha construido. Por eso la crítica molesta. Desarma la comodidad. Interrumpe la inercia. Obliga a explicar. Obliga a responder. No permite que las cosas sigan en automático. La crítica mantiene al poder con los pies en la tierra.
En lo cotidiano la crítica es aún más importante. Aparece en la calle, en el trabajo, en la escuela, en la familia. Surge cuando alguien pregunta por qué se hace algo de cierta manera. Cuando alguien señala un error evidente que todos dejaban pasar. Parece un gesto mínimo. En realidad mueve estructuras. Evita abusos. Corrige decisiones que parecían cerradas. Abre espacio a ideas nuevas. Hace que todo funcione mejor. La crítica también protege a quienes no tienen voz. A quienes viven las consecuencias de decisiones tomadas lejos de su realidad. Funciona como límite, como defensa, como aviso. Cuando se silencia la crítica, el poder se vuelve oscuro. Cuando se escucha, la autoridad se vuelve más humana. Más responsable. Más consciente. Lord Acton escribió una frase que se repite por algo: “el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La crítica aparece justo para evitar que eso ocurra.
En lo personal, cada quien tiene el deber de ejercer ese poder. No hace falta un gran discurso o una capacidad. Basta con una pregunta honesta. Una observación hecha a tiempo. Una duda que no se esconde por miedo. La crítica es un acto de ciudadanía. Un gesto que sostiene la libertad. Un hábito simple que evita que el poder se convierta en un territorio sin luz. La crítica es el poder sobre el poder. Una fuerza modesta pero esencial. Un instrumento que no pide permiso. Un recordatorio constante de que la autoridad existe para servir. Una práctica cotidiana que mantiene la dignidad y la legitimidad para servir a la sociedad.
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