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¡Narciso sonríe! Vivimos bajo su régimen. El like como opio del pueblo digital

La Noticia Casanare

octubre 1, 2025

Columna de opinión por Juan Camilo Reyes Marfoi, Investigador social.

La escritora e investigadora Esther Peñas columnista de la revista Ethic España lo sintetiza con una imagen demoledora: “Si Narciso hubiera existido hoy, en lugar de zambullirse en el agua, se hubiera golpeado contra el cristal de una pantalla” (Peñas, 2024). Esta frase de principio a fin no solo se reduce simplemente a una metáfora de cajón ingeniosa para expresar lo que se siente, es evidentemente un claroscuro de la radiografía del diagnóstico social de esta época. Porque, al final, Narciso no está muerto ni olvidado en algún mito griego; está más vivo que nunca, replicado en cada pantalla, en cada transmisión en vivo. Hoy su reflejo no es el agua tranquila de un río, sino el brillo inquieto de los dispositivos que cargamos en el bolsillo. Y en esa superficie luminosa no encontramos serenidad, sino ruido y sinrazones disfrazadas de ‘verdades’, desazones convertidas en espectáculo, lo que Husserl llamaría una “penumbra vital” una oscuridad empaquetada como entretenimiento.

Todo eso se vende, a cambio de lo único que parece tener valor en la era digital; La atención. Si realmente queremos entender por qué hemos llegado hasta aquí, no basta con quedarnos en las críticas superficiales que circulan en redes sociales ni con las frases recicladas que repiten algunos creadores de contenido. Lo que vemos en esas aproximaciones no es más que la punta del iceberg. Cuando los argumentos se reducen a opiniones subjetivas, sin estudio ni sustento, se termina deformando la lógica, el orden y, en últimas, las formas mismas de comprender la ciencia y la razón. Para abarcarlo de fondo es necesario reconocer cómo se fue tejiendo Occidente, como se desarrolló la modernidad y, en ese sentido, los clásicos son una muestra indispensable.

Por eso, hay que volver a quienes se dedicaron a pensar las estructuras que sostienen los sistemas y que, tarde o temprano, terminan aplicándose en la praxis. Como recordaba Kuhn en la estructura de las revoluciones científicas, percibir los paradigmas que rigen cada época es la clave para entender sus transformaciones.

El fetichismo de la mercancía, como lo describió Karl Marx en El capital, obra que tuvo que leer toda Inglaterra para poder hacer esos grandes análisis abstractos, hoy alcanza su forma más grotesca desde la interpretación crítica, puesto que, ya no son solo los objetos que adquieren vida propia, sino que las personas mismas son las que se cosifican, y reducen a algoritmos de consumo y producción. Entonces, el sujeto se convierte en producto, en dato transable, en mercancía con “valor de exhibición” más que con dignidad. Antes, en la modernidad, el ser humano se entendía como el centro de todo, es decir, era la medida del progreso, dueño de la naturaleza y protagonista del mundo (antropoceno). Con el posmodernismo esa idea del ser humano como centro empieza a romperse. Lyotard, en su gran obra “La condición posmoderna”, sostiene que los grandes ‘relatos’ esas narrativas o metarrelatos que prometían progreso, verdad universal o redención ya no convencen, porque la experiencia ‘histórica’ mostró que no resolvieron los problemas humanos. En su lugar queda la desconfianza hacia esas promesas (herencia del racionalismo de descartes) y la certeza de que el sentido ya no se encuentra en una verdad única, sino en múltiples perspectivas fragmentadas, (relativismo moral). Y el transhumanismo da un paso más al presentar al hombre como un cuerpo modificable, optimizable e incluso reemplazable por la tecnología. Así, pasamos de un ser humano eje de la historia a un sujeto que puede ser superado, degradado y fetichizado en el marco del poshumanismo. Todo esto se desarrolla en medio de profundas incertidumbres, propias de una reconfiguración social que parece avanzar hacia una especie de reingeniería donde se arriesga la deshumanización y la pérdida de sentido en lo que somos, en cómo habitamos, sentimos, nos alimentamos y producimos. Lo que antes era el trabajador alienado en la fábrica, hoy es el usuario alienado en la red, entregando su vida a la promesa de una eternidad de silicio que no es otra cosa que un mercado sin alma devorador de masas.

El filósofo contemporáneo más influyente, Byung-Chul Han, advierte que vivimos en una sociedad de la transparencia, donde la exposición constante se convierte casi en una obligación. Sus reflexiones y tesis centrales no consiste en rechazar lo digital, sino en mostrar el trasfondo del asunto, el problema no es usar dispositivos, sino en que dejamos de expresar lo que realmente somos para mostrar aquello que el mercado digital prefiere y premia. En ese modo de entenderse, lo auténtico se desvanece, y nuestra identidad termina moldeada por algoritmos que dictan qué merece atención y que no. Como señala Han en Infocracia: “Los celulares son una prisión digital que registra de manera minuciosa nuestro cotidiano. Consumo e identidad se unen” (Han, 2022, p. 30). En otra de sus póstumas obras ‘la sociedad de la transparencia’ lo advierte de forma contundente “La transparencia no libera, sino que produce un nuevo tipo de coacción y control social” (Han, 2013, p. 18).

Por ende, se asevera que la intimidad no existe, la privacidad se convierte en una especie de anacronismo, y que lo único que debe contar es la visibilidad. No hay respiro. Todo debe ser publicado, comentado, consumido. El imperativo es mostrarse, aunque no haya nada que decir; participar, aunque no se tenga nada que aportar. Este mandato de visibilidad se enlaza con lo que el sociólogo Zygmunt Bauman advierte en su libro Modernidad líquida, que nada está destinado a durar, ni las relaciones, ni las convicciones, ni las identidades. “La vida líquida es una vida precaria, vivida en condiciones de incertidumbre constante” (Bauman, 2000, p. 12). En esta lógica de fragilidad y fugacidad, Narciso versión 2.0 ya no se limita a contemplar su reflejo, lo convierte en mercancía. Se vende a sí mismo en la feria interminable del algoritmo, negociando cada gesto, cada contenido subido, cada publicación, temeroso de la evaporación que produce el olvido digital. En este contexto, lo que parece un simple gesto de aprobación un like se ha transformado en algo abismal. Funciona como una recompensa inmediata, un pequeño estímulo que calma la ansiedad de ser vistos y reconocidos. Pero, al mismo tiempo, se convierte en una especie de droga social, nos entretiene, nos distrae y, sin darnos cuenta, nos vuelve dóciles y borregos frente a la lógica de las plataformas. Karl Marx lo afirmó hace casi dos siglos: “la religión es el opio del pueblo” (Marx, 1844-1970, p. 45). Hoy esa idea resuena con más fuerza que nunca, pero en otro escenario transhumanizado, la religión de nuestro tiempo ya no se vive en templos de piedra, sino en altares digitales, donde la liturgia es la vanidad y el dogma se mide en corazones rojos y pulgares arriba. (Han, 2021, pg., 19).

¿Acaso no es irónico? Nos autoproclamamos libres, pero hemos levantado altares donde nuestra devoción se mide con emojis. Aquellos que antaño fueron abanderados de traer la religión desde Occidente, en su mayoría hoy se declaran ateos por ‘convicción positivista’. Y, paradójicamente, sus herederos revestidos de superioridad digital se visten con el brillante traje de creyentes virtuales, congregándose frente a sus pantallas, rezando con “likes” y “shares”. De un lado a otro recibimos órdenes sobre qué hacer, qué consumir y cómo vivir.

¿No es acaso este el delirio de un control supremacista disfrazado de libertad? Tras la caída de la fe, la razón y la figura del hombre, emergen los influencers como nuevos gurús sacerdotes del consumo. Sus sermones no se pronuncian en templos, sino en feeds, moda, estilo, bienestar… Todo reducido a métricas de clicks. Y nosotros, su grey fiel, buscamos redención en historias ajenas, en productos ajenos, en vidas que nunca serán nuestras.

La eucaristía digital reina sobre lo auténtico que decide por todos, ya no importa quiénes somos, sino cuánto más nos han visto. Semi-dioses caídos por un sistema devorador y en ese coro de deslumbramiento, somos fieles creyentes de lo espectacular, de lo efímero que llama la atención. Creemos que somos algo distinto, original, cuando, en realidad, el algoritmo nos homogeneiza, nos corrige los bordes para que seamos suaves, cómodos de consumir. Lo paradójico, como advierte Gilles Lipovetsky en La era del vacío, es que celebramos este vacío como si fuera plenitud. “El individualismo narcisista sustituye la intensidad de la experiencia por la obsesión de la apariencia” (Lipovetsky, 1983, p. 27). Es decir, aplaudimos nuestra propia prisión, convertimos la dependencia en estilo de vida y la superficialidad en virtud. Lo que debería inquietarnos nos parece motivo de orgullo, exhibirnos sin pausa, entregarnos a la dictadura del like y normalizar la ansiedad de la visibilidad. La cárcel digital no necesita barrotes, bastan las notificaciones para mantenernos dóciles. Empero, este diagnóstico no surge de la nada ni es exclusivo de nuestro tiempo. Ya desde el siglo XIX algunos pensadores anticipaban la decadencia de la modernidad occidental y sus modelos de dependencia. Friedrich Nietzsche anunciaba el nihilismo como destino de una cultura agotada de valores; “Dios ha muerto” y con él, la brújula moral de Occidente (Nietzsche, 1882-1974).

Este era el advenimiento de que sin fundamentos sólidos la cultura se precipitaría en el vacío. Brooks Adams, en The Law of Civilization and Decay (1895), describía cómo las sociedades atraviesan ciclos de esplendor y decadencia, y señalaba que Occidente ya mostraba un desgaste de crisis civilizatorio económico y moral. Décadas después, Oswald Spengler, en La decadencia de Occidente (1918), lo sentenció con pesimismo histórico, cuando la cultura se convierte en mera civilización técnica y burocrática, donde el declive no es solo probable, ES INEVITABLE.

Estas advertencias siguen resonando hoy con fuerza renovada. El narcisismo digital no es un accidente, es la continuación de un proceso que lleva más de dos siglos incubándose, la pérdida de referentes y valores sólidos, el vaciamiento de sentido, la dependencia de espejismos. Lo que ayer era el anuncio de un futuro decadente, hoy se confirma como un presente atrapado en pantallas. La modernidad que prometía emancipación terminó incubando nuevas cadenas, ahora más sutiles, más brillantes y mucho más seductoras. Por eso, Narciso sonríe, porque ha triunfado. Su régimen gobierna en la soberbia y el trono de la egolatría que, desde la nube se impone sin resistencia. Nos domestica con rostros de ‘relevancia’, nos distrae de lo liviano y nos arrebata la capacidad de mirar la realidad sin filtros. La tragedia ya no es mítica, es cotidiana. No morimos ahogados en un río, sino golpeados contra el cristal de una pantalla, convencidos de que esa imagen luminosa es la vida misma.

Referencias

Bauman, Z. (2000). Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica.
Han, B.-C. (2013). La sociedad de la transparencia. Herder.
Han, B.-C. (2021). Infocracia: digitalización y la crisis de la democracia. Taurus.
Han, B.-C. (2022). Infocracia: digitalización y la crisis de la democracia (2.ª ed.). Taurus.
Kuhn, T. S. (2004). La estructura de las revoluciones científicas (13.ª ed.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1962).
Lipovetsky, G. (1983). La era del vacío: Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama.
Marx, K. (1970). Crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Ediciones Grijalbo. (Obra original publicada en 1844).
Marx, K. (2017). El capital: Crítica de la economía política. Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1867).
Nietzsche, F. (1974). La gaya ciencia. Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1882).
Peñas, E. (2024). La sociedad narcisista. Ethic. Recuperado de: https://ethic.es/especiales-24/la-sociedad-narcisista/
Spengler, O. (1998). La decadencia de Occidente. Espasa-Calpe. (Obra original publicada en 1918).
Adams, B. (1895). The law of civilization and decay: An essay on history. Macmillan.

Las opiniones y conceptos emitidos en esta columna son responsabilidad exclusiva de su autor y no constituye, necesariamente, la visión o pensamiento del medio de comunicación.

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