Columna de opinión por Juan Camilo Reyes Marfoi, Investigador social
Hablar de las sabanas inundables del Casanare es hablar de un territorio que no se puede encerrar dentro de una línea en el mapa. Quien vive tierra adentro sabe lo que es caminar entre caños, esteros y monte. Saben que el agua no pide permiso para cruzar de Colombia a Venezuela. Lo mismo pasa con las aves migratorias, los peces, los jaguares, y hasta las historias que van de boca en boca entre comunidades a lado y lado de la frontera. Por eso, pensar las sabanas solo desde lo local desde un municipio o un departamento es quedarse corto. Las sabanas inundables son sistemas vivos y complejos que conectan los Llanos Orientales colombianos con los Llanos venezolanos, y que forman parte de un gran corredor ecológico y cultural de escala continental.
Uno de los ecosistemas más representativos y valiosos de esta región son los morichales, esos oasis verdes que brotan en medio de la sabana seca, dominados por la palma de moriche (Mauritia flexuosa). Allí donde hay moriche, hay agua. Son zonas húmedas permanentes, donde incluso en verano se conserva la vida. En ellos anidan aves, se reproducen peces, se alimentan chigüiros, venados y dantas. Pero no solo eso, los morichales almacenan carbono, filtran el agua y ayudan a regular el clima en toda la región. Son, en otras palabras, verdaderos pulmones del llano. No obstante, pese a su importancia, estos ecosistemas siguen siendo subvalorados y maltratados, arrasados por los monocultivos, o explotación petrolera que los ve como estorbo, no como fuente de vida.
Lo que ocurre en los morichales del Casanare repercute en todo el ecosistema de la Orinoquia. Si se contamina una fuente de agua, si se tala un cinturón de moriche, si se rompe el flujo natural de una sabana inundable, los efectos no se quedan en el lugar, se expanden, impactan otras regiones y destruyen las conexiones ecológicas que sostienen la biodiversidad. Los ríos Meta, Casanare, Arauca y Orinoco no entienden de fronteras. Por eso, la conservación de estos territorios no puede ser solo una responsabilidad local. Se requiere una mirada compartida entre países, comunidades, generaciones, que reconozca el valor estratégico y también espiritual de estos espacios.
Pero no se trata solo de lo ecológico. Los morichales también son culturales. Allí crecen y crecieron los saberes ancestrales de los pueblos indígenas como los Sikuani, los Piapoco y los Amorúa, y también de los campesinos llaneros que han aprendido a convivir con el agua, a sembrar según la luna, a cazar sin agotar, a tomar del monte sin destruirlo. En los morichales se curan enfermedades con plantas, se cuentan cuentos para ahuyentar el miedo, se enseñan valores. Son territorios del cuidado, de la memoria, de la vida cotidiana. Por eso, destruirlos es también borrar culturas, romper con formas de vida que han demostrado ser sustentables durante siglos.
El modelo de desarrollo que ha predominado en Casanare y buena parte de la región, basado en la renta petrolera, los monocultivos y la ilusión de un “progreso” rápido, ha transformado notablemente los ecosistemas y las comunidades que lo habitan. Se ha priorizado aquello que genera ganancias económicas inmediatas, aunque a largo plazo implique deterioro ambiental y empobrecimiento social. Mientras tanto, los morichales desaparecen lentamente, muchas veces en silencio, sin que nadie lo note, porque no hacen ruido al morir. Pero cuando un morichal muere, no solo se pierde un fragmento de naturaleza, se rompe una relación ancestral entre el ser humano y su entorno. Se apaga una escuela viva, un refugio, una historia compartida.
Por eso, urge cambiar la mirada. No podemos seguir viendo los morichales como un paisaje de fondo o como un recurso más. Son territorios estratégicos para enfrentar el cambio climático, para sostener la vida en tiempos de crisis, y para reconstruir vínculos rotos entre sociedad y naturaleza. Deben ser parte de una agenda de justicia ambiental y territorial que los proteja no solo por lo que representan en términos ecológicos, sino también por lo que significan culturalmente. Como bien dicen quienes habitan estos territorios, el moriche no se siembra, se cuida. Y cuidarlo es una tarea colectiva, que debe involucrar a gobiernos, escuelas, comunidades y personas comunes.
Proteger los morichales no es un lujo ni un capricho ‘ambientalista’, es una urgencia ecosistémica. En sus aguas y raíces se teje la posibilidad de otro futuro, uno que no se basa en la destrucción del territorio, sino en el respeto y otras formas de relacionarnos con la tierra que nos sostiene. Los morichales no pertenecen solo a Casanare, ni siquiera solo a Colombia. Son parte de una red viva que atraviesa fronteras, une pueblos, y memorias a lo largo de América Latina. Pensarlos como patrimonio común de vida natural, como fuente de vida compartida, es el primer paso para construir alternativas para su conservación.
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