Columna de opinión por Juan Camilo Reyes Marfoi, Investigador social.
La COP30 en Belém, Brasil, será un encuentro clave para el planeta. No es un evento más, es la cita donde se toman decisiones que marcarán el futuro frente al cambio climático. Y surge una pregunta inevitable: ¿tendrá Casanare presencia real en esta conversación global?
¿Qué es la COP?
Es la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Se trata de una reunión anual en la que los países negocian políticas, revisan compromisos y buscan acuerdos para enfrentar el calentamiento global. Se celebra desde 1995 y sirve para coordinar acciones internacionales, movilizar recursos y evaluar los avances, como ocurrió con el Acuerdo de París, un pacto histórico del que Estados Unidos se retiró durante el actual gobierno de Donald Trump, por condiciones economico-politicas argumentando que “afectaba la economía y la competitividad del país”.
¿Por qué es importante asistir a este evento?
Nuestro departamento es un territorio biodiverso, con extensas sabanas, humedales, ríos y una riqueza natural que hoy está en riesgo. La explotación petrolera, la deforestación y el avance desordenado de la frontera agrícola han reconfigurado los ecosistemas y el paisaje natural que no podemos seguir ignorando. Casanare vive en carne propia la tensión entre desarrollo económico y sustentabilidad, y eso debería convertirnos en protagonistas dentro de los debates de la COP. Se necesita una representación que conozca la realidad ambiental del llano, que hable de las sequías que azotan los hatos ganaderos, de la pérdida de especies emblemáticas, de los retos para la conservación de los esteros y de la urgencia de diversificar la economía más allá del petróleo.
Más allá de los compromisos energéticos y de reducción de emisiones, la COP también abre discusiones vitales sobre seguridad y soberanía alimentaria. Aunque suelen confundirse, no significan lo mismo. La seguridad alimentaria se refiere a que todas las personas tengan acceso físico y económico a alimentos suficientes, nutritivos y seguros para vivir de manera “saludable”. La soberanía alimentaria, en cambio, supera el mero imaginario conceptual, es el derecho de los pueblos a decidir qué producen, cómo lo producen y qué consumen, priorizando la agricultura local, las prácticas milenarias y la autonomía frente a mercados externos capitalistas. En territorios como Casanare, donde el campo sigue siendo motor de vida, estas conversaciones son trascendentales. Asegurar que la comida provenga de nuestras tierras y no dependa exclusivamente de importaciones es tan urgente como proteger los ecosistemas. Hablar de clima sin hablar de lo que comemos y de quién controla esa producción es quedarse a medias.
En estos escenarios internacionales, los grandes países suelen marcar la pauta, pero los territorios como Casanare tienen mucho que decir. Somos testigos directos de cómo se transforma la naturaleza y de cómo las comunidades campesinas e indígenas buscan sobrevivir a esos cambios. ¿No merecen esas voces ser escuchadas en Belém?
La COP 30 es una oportunidad. Si Casanare llega con una representación seria, podría abrir caminos para proyectos de conservación, financiamiento de iniciativas eco-territoriales y alianzas estratégicas. Pero si se queda por fuera, será una ausencia que pesará. Porque hablar de cambio climático sin escuchar a los territorios que más lo sufren es una contradicción.
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